domingo, 25 de enero de 2009
Aprender a desaprender
Nada es más incomprensible que el no comprender. ¿Cómo explicar esto de forma "comprensible" (y dale con la palabrita)? Uno puede llegar a comprender lo que no entiende, y esto porque de alguna manera ya sabe lo que es, solo que no se había dado cuenta o porque no sabía que "esa cosa de ahí" tenía ese nombre en concreto. Por eso cuando alguien logra explicar algo de verdad se escucha un "ahhh" generalizado, que no es un: "Ah, eso es nuevo", sino que es un: "¡ah, claro!". Sin embargo comprender la incomprensión es mucho más difícil, se trata ni más ni menos que pasar de ese ¡ah, claro! a un: sí, lo comprendo, más o menos... un, "hay algo que no cuadra... pero no sé lo que es". Uno simplemente es incapaz de explicar 2+2 son 4. Cuando alguien no comprende algo tan fácil y evidente, ese alguien se vuelve un enigma, un enigma problemático. ¿Por qué 2+2 son 4? Si existe algo así como una pregunta errónea esa cumpliría el perfil. Te dices: bueno, ehm... ¡Mira, ¿ves estos dos dedos? Pues si los juntas con estos otros dos dedos, cuento cuatro dedos ¿lo ves? Y el niño podría decir: No, no lo veo, o puede decir: Ah, claro... Pero en todo caso, ¿le has explicado por qué dos y dos son cuatro? En todo caso se lo has mostrado, no se puede enseñar algo que nunca aprendiste, algo que de alguna forma ya sabías. Lo matemático no es más que apropiarse de algo que ya se sabe. Ahora imaginaos que teneis que poneros en la piel de ese niño que no entiende, que no ve que dos y dos son cuatro. ¿Cómo lo haríais? Pasar de comprender algo a no comprenderlo, es lo primero que debería aprender todo profesor de escuela. Se trata de desaprender lo evidente, lo ya sabido, lo fácil, para volver a aprenderlo de nuevo. Y esto no como un recordar, no vale ir con mapa, antorcha y una unidad aérea que te indiquen el camino, tienes que renunciar a tu saber para saber enseñar. Dicen que se empieza a filosofar justamente cuando se desaprende la evidencia. La imágen del filósofo como ser confundido y soñador es correcta, su interpretación no lo suele ser. Si el filósofo está confundido es por valentía y todo profesor debe ser en alguna medida filósofo.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Mal de mi escuela
Vuelta a la escuela.
Los pasillos, las escaleras, las aulas, el inmenso patio, todo estaba vacío, hueco. Todo se había hecho miniatura, ahí andábamos los dos con la cabeza gacha mirando dónde pisábamos, como gigantes patosos en una casa de muñecas. Los amigos y compañeros habían mutado en niños y adolescentes, los profesores pasaron de referentes a condenados de la rutina. La escuela entera helaba, el blanco y el mármol confabulaban contra la familiaridad, contra la calidez que esperaba encontrar y no encontré. La escuela entera estaba infectada de pureza, aquello olía a hospital a desinfectante, aire viciado y esterilizador. Los planos de mi conciencia se hicieron añicos, ¿dónde estaban las voces, el griterío, las risas, las persecuciones por los pasillos, el repentino silencio cuando se acercaba algún profesor? ¿Dónde estaba la pillería, la vida?
Veías los profesores repitiendo su rutina con diligencia, cada uno con sus planes fuera de la escuela. El teatro, la tesis doctoral, la jubilación, la literatura, el escribir, la familia… sus vidas estaban fuera de esas aulas, de esos antros de rutina. Aquellas aulas en las que pasaban las horas, todas sus horas, no eran su porqué, su motivación o su inspiración, aquellas aulas eran su lugar de trabajo, su lugar de laborar, su paso intermedio ineludible, ahí laboraban esperando que pasasen las horas y poder escapar, liberarse del tortuoso trabajo y ser libres para ser quienes querían ser. Hospital o burocracia, lo que queráis, las dos imágenes me valen, ¿quién va con gusto?
Ahí se nos recordaba como una especie de generación límite, éramos la generación mensajera del cataclismo, todavía éramos inocentes y rescatables. ¡Nosotros! Límite…
No nos engañemos, todos somos límites para quienes protestan contra la decadencia que les ha tocado vivir. “Hoy en día no tienen base” ¿qué significa sino: “nosotros sí que teníamos base”? Hoy en día no, y ¿quiénes sí? Los apesadumbrados profesores, que pobrecitos ellos tienen que lidiar con los frutos de la ignorancia y futilidad del hoy.
¿Qué le diría hoy un antiguo alumno reencarnado en alumno de pleno derecho? Quizás algo así como:
Disculpe profesor, podría usted hacerme el favor de dejar de quejarse de nuestra ignorancia, incompetencia y falta de interés e inculcarnos esa hambre de saber, implánteme el gusanillo de la curiosidad, métame en ese mundo inabarcable y maravilloso y deje de quejarse de nuestro legado del que en todo caso somos víctimas pasivas. Y por cierto, ¿se da cuenta que al quejarse de nuestra “falta de base” se está curando en salud, que le está pasando el muerto a otro? Piénselo, quizás eso de ser profesor sea justamente educar, enseñar, formar esa base… por favor, enseñe enseñando y deje de quejarse”.
Los pasillos, las escaleras, las aulas, el inmenso patio, todo estaba vacío, hueco. Todo se había hecho miniatura, ahí andábamos los dos con la cabeza gacha mirando dónde pisábamos, como gigantes patosos en una casa de muñecas. Los amigos y compañeros habían mutado en niños y adolescentes, los profesores pasaron de referentes a condenados de la rutina. La escuela entera helaba, el blanco y el mármol confabulaban contra la familiaridad, contra la calidez que esperaba encontrar y no encontré. La escuela entera estaba infectada de pureza, aquello olía a hospital a desinfectante, aire viciado y esterilizador. Los planos de mi conciencia se hicieron añicos, ¿dónde estaban las voces, el griterío, las risas, las persecuciones por los pasillos, el repentino silencio cuando se acercaba algún profesor? ¿Dónde estaba la pillería, la vida?
Veías los profesores repitiendo su rutina con diligencia, cada uno con sus planes fuera de la escuela. El teatro, la tesis doctoral, la jubilación, la literatura, el escribir, la familia… sus vidas estaban fuera de esas aulas, de esos antros de rutina. Aquellas aulas en las que pasaban las horas, todas sus horas, no eran su porqué, su motivación o su inspiración, aquellas aulas eran su lugar de trabajo, su lugar de laborar, su paso intermedio ineludible, ahí laboraban esperando que pasasen las horas y poder escapar, liberarse del tortuoso trabajo y ser libres para ser quienes querían ser. Hospital o burocracia, lo que queráis, las dos imágenes me valen, ¿quién va con gusto?
Ahí se nos recordaba como una especie de generación límite, éramos la generación mensajera del cataclismo, todavía éramos inocentes y rescatables. ¡Nosotros! Límite…
No nos engañemos, todos somos límites para quienes protestan contra la decadencia que les ha tocado vivir. “Hoy en día no tienen base” ¿qué significa sino: “nosotros sí que teníamos base”? Hoy en día no, y ¿quiénes sí? Los apesadumbrados profesores, que pobrecitos ellos tienen que lidiar con los frutos de la ignorancia y futilidad del hoy.
¿Qué le diría hoy un antiguo alumno reencarnado en alumno de pleno derecho? Quizás algo así como:
Disculpe profesor, podría usted hacerme el favor de dejar de quejarse de nuestra ignorancia, incompetencia y falta de interés e inculcarnos esa hambre de saber, implánteme el gusanillo de la curiosidad, métame en ese mundo inabarcable y maravilloso y deje de quejarse de nuestro legado del que en todo caso somos víctimas pasivas. Y por cierto, ¿se da cuenta que al quejarse de nuestra “falta de base” se está curando en salud, que le está pasando el muerto a otro? Piénselo, quizás eso de ser profesor sea justamente educar, enseñar, formar esa base… por favor, enseñe enseñando y deje de quejarse”.
martes, 11 de noviembre de 2008
Introducción y primera parte de San Manuel Bueno, mártir.
Mi exposición consta de tres partes: 1. Unamuno... ¿hipócrita?, 2. Jugar a ser Dios y 3. La intrigante última página. ¿Cuál será el pegamento de estas tres secciones, que parecen tan diferentes? Su alusión al autor. No a la figura de Unamuno, sino al autor que resulta ser Unamuno.
En el primer tema llevaré a cabo una breve reflexión sobre la enfermedad mortal, o mejor dicho sobre el diagnóstico mortal. Pues conscientes o no todos estamos ligados a la misma suerte.
Esta reflexión servirá como introducción a otra temática, mucho más polémica sin duda. En primer lugar hay que destacar el carácter heroico que tiene o le es dado (sobre un personaje ficticio es complicado precisar dónde acabo uno y empieza el otro) a San Manuel Bueno, mártir. San Manuel sufre su martirio personal al querer ocultar por pura bondad su secreto más sagrado: su falta de fe. Unamuno en toda la novela no hace más que elogiar el carácter bondadosa y heroico de esta actitud, "que bueno es San Manuel que por no sufrir los demás oculta su propio dolor" (esto no es una cita, sino una síntesis del sentir que transmite Unamuno).
De acuerdo, pongámonos en la piel de San Manuel ¿qué es preferible hacer y qué haríamos de hecho? Parece e insisto en el "parece", que don Miguel ha elegido ya. Lo mejor sería guardar el secreto en beneficio del pueblo, respondida una pregunta queda la otra por responder ¿qué haríamos de hecho? No me negarán que es mucho más fácil elegir la divulgación de la tragedia que el martirio de ocultar tu verdad incómoda. Ahora bien, el autor justamente al escribir esta obra parece pecar de incoherencia con sus principios. Alaba hasta la saciedad la actitud de San Manuel, sin embargo al contar su historia peca justamente de difundir la mala nueva. ¿Hipócrita?
Podría ser una de tantas paradojas que se producen en el alma de Unamuno, podría ser simplemente que ensalzara la fe mientras sufre, renegado, los dictados de su logos. Interesante a este respecto es un pasaje en la última página del libro: "Quiero también, ya que Ángela Carballino mezcló a sus relatos sus propios sentimientos, ni sé qué otra cosa quepa, comentar yo aquí lo que ella dejó dicho de que si don Manuel y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su estado de creencia, éste, el pueblo, no les habría entendido. Ni les habría creído, añado yo." Es decir que la elección entre confesar o no confesar al final resulta practicamente indiferente, ¿exageramos mucho si queremos leer aquí su defensa y disculpa? Yo creo que sí, pero aun con todo, el tema no está ni mucho menos resuelto. El problema de saber qué haría don Miguel si estuviese en la posición de don Manuel, y ¿en qué medida no estaba ya en esa posición, siendo sus lectores su particular pueblo?
En el primer tema llevaré a cabo una breve reflexión sobre la enfermedad mortal, o mejor dicho sobre el diagnóstico mortal. Pues conscientes o no todos estamos ligados a la misma suerte.
Esta reflexión servirá como introducción a otra temática, mucho más polémica sin duda. En primer lugar hay que destacar el carácter heroico que tiene o le es dado (sobre un personaje ficticio es complicado precisar dónde acabo uno y empieza el otro) a San Manuel Bueno, mártir. San Manuel sufre su martirio personal al querer ocultar por pura bondad su secreto más sagrado: su falta de fe. Unamuno en toda la novela no hace más que elogiar el carácter bondadosa y heroico de esta actitud, "que bueno es San Manuel que por no sufrir los demás oculta su propio dolor" (esto no es una cita, sino una síntesis del sentir que transmite Unamuno).
De acuerdo, pongámonos en la piel de San Manuel ¿qué es preferible hacer y qué haríamos de hecho? Parece e insisto en el "parece", que don Miguel ha elegido ya. Lo mejor sería guardar el secreto en beneficio del pueblo, respondida una pregunta queda la otra por responder ¿qué haríamos de hecho? No me negarán que es mucho más fácil elegir la divulgación de la tragedia que el martirio de ocultar tu verdad incómoda. Ahora bien, el autor justamente al escribir esta obra parece pecar de incoherencia con sus principios. Alaba hasta la saciedad la actitud de San Manuel, sin embargo al contar su historia peca justamente de difundir la mala nueva. ¿Hipócrita?
Podría ser una de tantas paradojas que se producen en el alma de Unamuno, podría ser simplemente que ensalzara la fe mientras sufre, renegado, los dictados de su logos. Interesante a este respecto es un pasaje en la última página del libro: "Quiero también, ya que Ángela Carballino mezcló a sus relatos sus propios sentimientos, ni sé qué otra cosa quepa, comentar yo aquí lo que ella dejó dicho de que si don Manuel y su discípulo Lázaro hubiesen confesado al pueblo su estado de creencia, éste, el pueblo, no les habría entendido. Ni les habría creído, añado yo." Es decir que la elección entre confesar o no confesar al final resulta practicamente indiferente, ¿exageramos mucho si queremos leer aquí su defensa y disculpa? Yo creo que sí, pero aun con todo, el tema no está ni mucho menos resuelto. El problema de saber qué haría don Miguel si estuviese en la posición de don Manuel, y ¿en qué medida no estaba ya en esa posición, siendo sus lectores su particular pueblo?
lunes, 10 de noviembre de 2008
Un alma puntual.
Cosa curiosa pero parece que el verano tenga algo en contra de que escriba en él. Hay dos posibles explicaciones a este fenómeno: 1) que el verano me descoloque y haga que olvide lo verdaderamente importante, o 2) que uno no escribe cuando ríe al sol.
Noviembre en cambio... la escritura y yo tenemos una relación tan de pareja que a veces me siento culpable de adulterio. Resulta que tengo que escribir sobre Unamuno, ese hombre tan insoportablemente cercano. Y claro, aquí estoy, bajo terapia otra vez.
La situación es insostenible, hay que elegir: desterrarme de mis penas o narrarlas aquí. Toda narración es potenciador del acto narrado, ¿habeis visto alguna vez un partido de fútbol sin comentarios? Hacedlo y os dareis cuenta de lo que digo, y si no os convenzco del todo, mirad una regata sin comentarios(si no te narran las reglas no es tan divertido).
El caso es que aquí estoy, escribiendo a mi hora, en mi ciclo, en Noviembre, de madrugada, esperando la llegada del lunes.
No se si lo sabeis pero el año pasado me equivoqué, dejé de estudiar, de ir a clase, vaguée y me dejé tres asignaturas. Y ahora me entero de que mi futuro podría estar en la cuerda floja por la insensatez de mi pasado; me van pasando la factura poco a poco. Porque yo el año que viene me quiero ir de Erasmus a París, y aunque la cosa está complicada, espero, con un poco de suerte, poder ir. Sin embargo hoy me entero de que hace falta tener aprobado el 80 por ciento de los créditos. El desastroso año pasado hizo que aprobará un 60 por cierto aproximadamente y aunque en el primer curso no me manché, puede que me falte alguna asignatura para llegar a ese 80 por ciento necesitado. Aún con todo, y aún a sabiendas de sonar contradictorio, no me arrepiento de nada. Si hoy estoy como estoy es gracias a esos meses felices e irresponsables, porque sí, estoy bien.
Ahora los temas existencialistas me suenan a cuentos de terror, esos cuentos que mutilan a los sensibles y divierten a los brutos. No tengo ningún problema con mi rol de bruto, ni dignidad ni ostias, en este mundo la dignidad sale cara.
Si no me creeis leed a San Manuel Bueno, mártir. Hombre bueno, sin embargo, o mejor, justamente por bueno... mártir. Unamuno, el pobre Unamuno, era tan mártir como Manu, sin embargo sospecho que no era tan bueno como él. Savater contó hace poco en una entrevista que el mayor y único pasatiempo del amargado es justamente amargar. El pobre Unamuno, muy a su pesar estaba amargado, y claro, se dedicó a escribir novelas... San Manuel lo hubiera censurado, su héroe lo hubiera censurado y está por ver si esto es contradictorio o paradójico... porque no es lo mismo.
No sé si esto es una vuelta al escribir o una feliz excepción. Supongo que todo dependerá de mi estado anímico... sois un público desgraciado, sois un poco como los médicos, que solo conocen a sus pacientes cuando están enfermitos, claro que ellos cobran...
Deseadme un: "hasta nunca" que yo os prometeré teneros presente. Ciao.
Noviembre en cambio... la escritura y yo tenemos una relación tan de pareja que a veces me siento culpable de adulterio. Resulta que tengo que escribir sobre Unamuno, ese hombre tan insoportablemente cercano. Y claro, aquí estoy, bajo terapia otra vez.
La situación es insostenible, hay que elegir: desterrarme de mis penas o narrarlas aquí. Toda narración es potenciador del acto narrado, ¿habeis visto alguna vez un partido de fútbol sin comentarios? Hacedlo y os dareis cuenta de lo que digo, y si no os convenzco del todo, mirad una regata sin comentarios(si no te narran las reglas no es tan divertido).
El caso es que aquí estoy, escribiendo a mi hora, en mi ciclo, en Noviembre, de madrugada, esperando la llegada del lunes.
No se si lo sabeis pero el año pasado me equivoqué, dejé de estudiar, de ir a clase, vaguée y me dejé tres asignaturas. Y ahora me entero de que mi futuro podría estar en la cuerda floja por la insensatez de mi pasado; me van pasando la factura poco a poco. Porque yo el año que viene me quiero ir de Erasmus a París, y aunque la cosa está complicada, espero, con un poco de suerte, poder ir. Sin embargo hoy me entero de que hace falta tener aprobado el 80 por ciento de los créditos. El desastroso año pasado hizo que aprobará un 60 por cierto aproximadamente y aunque en el primer curso no me manché, puede que me falte alguna asignatura para llegar a ese 80 por ciento necesitado. Aún con todo, y aún a sabiendas de sonar contradictorio, no me arrepiento de nada. Si hoy estoy como estoy es gracias a esos meses felices e irresponsables, porque sí, estoy bien.
Ahora los temas existencialistas me suenan a cuentos de terror, esos cuentos que mutilan a los sensibles y divierten a los brutos. No tengo ningún problema con mi rol de bruto, ni dignidad ni ostias, en este mundo la dignidad sale cara.
Si no me creeis leed a San Manuel Bueno, mártir. Hombre bueno, sin embargo, o mejor, justamente por bueno... mártir. Unamuno, el pobre Unamuno, era tan mártir como Manu, sin embargo sospecho que no era tan bueno como él. Savater contó hace poco en una entrevista que el mayor y único pasatiempo del amargado es justamente amargar. El pobre Unamuno, muy a su pesar estaba amargado, y claro, se dedicó a escribir novelas... San Manuel lo hubiera censurado, su héroe lo hubiera censurado y está por ver si esto es contradictorio o paradójico... porque no es lo mismo.
No sé si esto es una vuelta al escribir o una feliz excepción. Supongo que todo dependerá de mi estado anímico... sois un público desgraciado, sois un poco como los médicos, que solo conocen a sus pacientes cuando están enfermitos, claro que ellos cobran...
Deseadme un: "hasta nunca" que yo os prometeré teneros presente. Ciao.
martes, 2 de septiembre de 2008
Solo un poco de tinta...
Así que estático. Te comprendo, pero temo que no sea suficiente. Te comprendo como se comprende al miedo, es decir: quitándole todo lo que es verdaderamente suyo y reduciéndolo a la ridiculez de un estado, de un momento, de un "ya pasará...". Y lo siento, pero no llego a más.
Tus miedos te azotan, los tuyos, los que solo te pueden llegar a tí. No sé muy bien qué quiero decir, temo no bastar esta vez, temo no ser suficiente. Tanto te quiero, tanto me importas que creo querer curarme en salud. Quiero estar ahí pero no sé muy bien cómo, sé cómo lo hiciste tú en su momento, sé cómo se supera lo insuperable, pero solo tengo una bala.
Hoy no te llamé, no te contesté y ahora sé que te hacía falta. Que no estás bien, que tu vida se estanca desaprovechándote. Que ahora son tus años, que ahora te toca hacer lo que siempre soñaste en las tardes aburridas del colegio. Ahora te tocaba cumplir los pronósticos, demostrar que nadie se equivocó al señalarte como triunfadora, como la chica que podía escribir su propio futuro, ahora toca escribir pero la tinta falta y por muchos trazos que hagas, sin tinta, sin mundo que te acompañe, no se escribe, no se cumplen los sueños. Y a fe mía que te los mereces, pero sin tinta... no se escribe.
Y tú te desesperas. Pero me han dicho dónde se compra la tinta, ahora solo es cuestión de traértela. Quizás mi bala no haga falta, quizás baste con un poco de tinta porque para bien o para mal nuestros miedos no son idénticos. Los tuyos tienen peso, son reales, los tuyos son de otra manera, a tus miedos se les puede matar, liquidar completamente. Solo falta un poco de tinta...
Tus miedos te azotan, los tuyos, los que solo te pueden llegar a tí. No sé muy bien qué quiero decir, temo no bastar esta vez, temo no ser suficiente. Tanto te quiero, tanto me importas que creo querer curarme en salud. Quiero estar ahí pero no sé muy bien cómo, sé cómo lo hiciste tú en su momento, sé cómo se supera lo insuperable, pero solo tengo una bala.
Hoy no te llamé, no te contesté y ahora sé que te hacía falta. Que no estás bien, que tu vida se estanca desaprovechándote. Que ahora son tus años, que ahora te toca hacer lo que siempre soñaste en las tardes aburridas del colegio. Ahora te tocaba cumplir los pronósticos, demostrar que nadie se equivocó al señalarte como triunfadora, como la chica que podía escribir su propio futuro, ahora toca escribir pero la tinta falta y por muchos trazos que hagas, sin tinta, sin mundo que te acompañe, no se escribe, no se cumplen los sueños. Y a fe mía que te los mereces, pero sin tinta... no se escribe.
Y tú te desesperas. Pero me han dicho dónde se compra la tinta, ahora solo es cuestión de traértela. Quizás mi bala no haga falta, quizás baste con un poco de tinta porque para bien o para mal nuestros miedos no son idénticos. Los tuyos tienen peso, son reales, los tuyos son de otra manera, a tus miedos se les puede matar, liquidar completamente. Solo falta un poco de tinta...
martes, 22 de julio de 2008
Entre quizásesss...
Las pestañas de aquí arriba dicen, literalmente, sin piedad: CREACIÓN DE ENTRADAS, y más abajo por si no queda claro el mensaje CREAR. Intimida.
Es complicado crear, no es algo así como comer, andar, aburrirse... esas son cosas fáciles de hacer. Crear es difícil, muy difícil, para algunos hasta imposible. Incluso habría que decir más, solo para algunos, en algunos momentos es posible, solo algunos entienden a las musas, solo algunos tienen tiempo para escucharlas.
No creo ser persona digna de tal atención, por ponernos pedantes (e incluso, quizás, pero esto es un secreto: con falsa modestia) pero a veces sucede, te sientas delante de una pantalla que ciega más que ilumina y escribes. Maravilloso. Luego relees lo escrito y... en fin, no tan maravilloso. Que si porqué escribo en tercera y no en primera persona, que si sobran palabras, que si no he sabido transmitir lo imaginado, que si, que si, que si.
A mi las musas se me aparecen en carne y hueso. Sucede que siempre han estado ahí, solo que no me había dado por asignarles ese rol. De pronto, me siento, sigo el ritual hasta llegar aquí (normalmente ignoro eso de crear y la intimidación and all that other stuff) y escribo como hablan mis musas, hoy escribo como vive Rog. Sucede y punto, quizás Baricco esté a la sombra también, o incluso Sara que me observa pensativa desde el sofá de al lado, a veces simplemente, sucede.
Hoy toca ser un narrador sereno, escribo con un tic tac constante, sin aceleraciones ni lagunas de tiempo y como un traductor desenlazo lo enredado por mi amigo, creo que amigo es su mejor definición, Rog. Aunque para ser sinceros, y esto no es precisamente estético, su sombra poco a poco me abandona para dejarme paso a mí y a mi forma de hablar, vivir, escribir etc. todo es un mismo estilo. O eso pienso en alguna mañana catastróficamente aburrida y a todas luces demasiada pensativa y por ende (me ha gustado eso de la pedantería) improductiva.
De nuevo, como tantas veces, acabo hablando del escribir. A punto estoy de hacer otra reflexión sin sentido acerca del runrun obsesivo del pensar sobre el pensar. Prefiero no hacerlo. Prefiero a cambio auto analizarme de otra forma: quizás escriba sobre el escribir porque mi vivir, quizás por mis miedos, han reducido su horizonte a un "luego" que ya le resulta lejano. Trabalenguas casi, me explico de nuevo y mejor, espero. El tiempo y sus estragos en mí me han llevado a un exilio absurdo, como lo es toda lucha contra el imposible. Un exilio que aspira a micro mundo, uno en el que no haya futuro, uno en el que a fuerza de reducir el futuro desaparezca quedando solo el ahora. Un viaje a Francia espera de mi actuar para ser confirmado, mi familia espera mi llamada para poder avanzar, todo mi entorno se ve lastrado por mi dejadez, que quizás solo sea el alter ego de un miedo a la profundidad del tiempo. O quizás (como me gusta el "quizás") sean solo chorradas, el calor frena mis gestos tanto como mis ganas de actuar y por ello paso tardes, noches y mañanas viendo las venir antes que haciéndolas llegar. Lo dejo aquí, un silencio acompañado es ideal para escribir, y lo dejo aquí. Por cierto, "City" de Baricco es muy divertido y entretenido, perfecto para disfrutar de un libro en su versión más exagerada de entretenimiento. Ciao
Es complicado crear, no es algo así como comer, andar, aburrirse... esas son cosas fáciles de hacer. Crear es difícil, muy difícil, para algunos hasta imposible. Incluso habría que decir más, solo para algunos, en algunos momentos es posible, solo algunos entienden a las musas, solo algunos tienen tiempo para escucharlas.
No creo ser persona digna de tal atención, por ponernos pedantes (e incluso, quizás, pero esto es un secreto: con falsa modestia) pero a veces sucede, te sientas delante de una pantalla que ciega más que ilumina y escribes. Maravilloso. Luego relees lo escrito y... en fin, no tan maravilloso. Que si porqué escribo en tercera y no en primera persona, que si sobran palabras, que si no he sabido transmitir lo imaginado, que si, que si, que si.
A mi las musas se me aparecen en carne y hueso. Sucede que siempre han estado ahí, solo que no me había dado por asignarles ese rol. De pronto, me siento, sigo el ritual hasta llegar aquí (normalmente ignoro eso de crear y la intimidación and all that other stuff) y escribo como hablan mis musas, hoy escribo como vive Rog. Sucede y punto, quizás Baricco esté a la sombra también, o incluso Sara que me observa pensativa desde el sofá de al lado, a veces simplemente, sucede.
Hoy toca ser un narrador sereno, escribo con un tic tac constante, sin aceleraciones ni lagunas de tiempo y como un traductor desenlazo lo enredado por mi amigo, creo que amigo es su mejor definición, Rog. Aunque para ser sinceros, y esto no es precisamente estético, su sombra poco a poco me abandona para dejarme paso a mí y a mi forma de hablar, vivir, escribir etc. todo es un mismo estilo. O eso pienso en alguna mañana catastróficamente aburrida y a todas luces demasiada pensativa y por ende (me ha gustado eso de la pedantería) improductiva.
De nuevo, como tantas veces, acabo hablando del escribir. A punto estoy de hacer otra reflexión sin sentido acerca del runrun obsesivo del pensar sobre el pensar. Prefiero no hacerlo. Prefiero a cambio auto analizarme de otra forma: quizás escriba sobre el escribir porque mi vivir, quizás por mis miedos, han reducido su horizonte a un "luego" que ya le resulta lejano. Trabalenguas casi, me explico de nuevo y mejor, espero. El tiempo y sus estragos en mí me han llevado a un exilio absurdo, como lo es toda lucha contra el imposible. Un exilio que aspira a micro mundo, uno en el que no haya futuro, uno en el que a fuerza de reducir el futuro desaparezca quedando solo el ahora. Un viaje a Francia espera de mi actuar para ser confirmado, mi familia espera mi llamada para poder avanzar, todo mi entorno se ve lastrado por mi dejadez, que quizás solo sea el alter ego de un miedo a la profundidad del tiempo. O quizás (como me gusta el "quizás") sean solo chorradas, el calor frena mis gestos tanto como mis ganas de actuar y por ello paso tardes, noches y mañanas viendo las venir antes que haciéndolas llegar. Lo dejo aquí, un silencio acompañado es ideal para escribir, y lo dejo aquí. Por cierto, "City" de Baricco es muy divertido y entretenido, perfecto para disfrutar de un libro en su versión más exagerada de entretenimiento. Ciao
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