Hoy estuve mucho tiempo sin hacer nada, sumamente triste.
Intenté pensar en las cosas que me hacen feliz, pero ni los amigos ni el sol me consolaban. Todavía no he salido del momento, aunque haya empezado a escribir estas palabras. Pedir ayuda es pedir ayuda, ningún amigo puede estar ahí como tú en ese momento lo necesitarías. Pedir ayuda es pedirla tú, y lo que yo necesito es que me la den sin yo pedirla. Sé que es pedir demasiado.
El momento llegó así: comí con Rama (mi compañero de piso), hablamos de irnos y especulamos hacia dónde y cómo. Luego pasé la aspiradora por casa, Rama se fue al gimnasio y yo me quedé sólo. Apunté una larga lista de sustantivos con su género en mi hoja de excel, vi la llamada "partida del siglo" jugada por Bobby Fischer a los trece años, terminé de ver el programa sobre Eugenio Trías de la dos y, tras comprobar que no quería ya hacer nada de aquello, apagué el ordenador. Esperé a que llegaran ideas sobre qué hacer. Limpié el frigorífico, quité las migas de la encimera, ordené mis papeles, coloqué las sábanas limpias en el armario y finalmente colgué unas imágenes del desastre ecológico del golfo de Méjico en mi pared más vacía. Luego nada. Esperé otro rato a ver qué idea se me ocurría, qué podía hacer, pero nada me apetecía, nada me apetece. Otras veces he apagado las luces y en posición meditativa he intentado vaciar la mente, pero la espalda me duele y esa posición me destroza. Sin dramatismos cogí una cómoda silla de la cocina y me senté en la silla al revés, colocando la espalda contra la pared torcida de mi habitación. Pero esta vez nada me satisfacía, toda idea me parecía insuficiente y cansina. No estaba cansado, ni verdaderamente triste supongo, ni nostálgico, ni quejica, solo estaba pero como a disgusto. Solo estoy y a disgusto. Pensé en escribir, contar cómo la sensación misma siempre está al otro lado cuándo empezamos a narrar. Al final me he puesto a escribir, pero soy consciente que estoy haciendo trampa, y realmente escribo entretenido, sí, pero sin ganas.
Hay más cosas que van mal que bien. Pero eso es lo de menos. Lo que me asusta, lo que detesto en mí es encontrarme tan celoso. No estoy enamorado y sin embargo tan celoso. Intento controlarme pero los celos encuentran siempre una palabra, un gesto, una trama más para inventar, como una maquinaria descontrolada, mil historias que me angustian el corazón. Siempre una más. Cansa y envilece, me siento víctima y me doy pena, tanta como asco.
Hay suficientes razones objetivas como personales para sentirme mal; Laura, el medio crédito, sentirme perdido, sentir/saber que la mejor época con los mejores amigos ha pasado, etc. Pero nada de esto tiene porqué afectarme como me está afectando ahora. La cosa es que, no sé si yo entero, mínimo una parte importante de mí, se sabe, me sé, débil: las cosas me afectan.
En todo el tiempo que permanecí callado sólo conseguían alegrarme dos fantasías: que Laura me dijera "te he echado de menos" y la intimidad cálida de una sonrisa que me acaricia. No es sexo lo que me falta, es que he perdido toda confianza y me siento sólo.
También me dije, mientras permanecía callado, esta vez no voy a quejarme y sufriré este hastío. Ahora no tengo fuerzas para borrar la prueba del delito.
domingo, 17 de febrero de 2013
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