La ética, la ética la entiendo más como superación personal que como cumplimiento del deber o de lo justo. Y esto probablemente se deba a una desgraciada falta de baremo moral; digo, unos lineamientos absolutos que no varíen o varíen poco sobre qué está bien, qué debo hacer o siendo más radical aún, qué debo desear.
Este masticado discurso tan noble como insípido tiene la malicia, al menos en mi caso, de traducirse a cuestiones mucho menos nobles, mucho más apremiantes y sobre todo decisivos. Veáse la siguiente cuestión: masturbase sí, masturbarse no. Perdonen la obscenidad o mejor, acepten la obscenidad y piensen conmigo. Decidir mantener un ayuno de mis pequeñas muertes -por utilizar un lenguaje estoico que eleve la amenazante vulgaridad del tema- es para mí un acto, una voluntad ética. Ética pero no por justo -¿justo para quién?- ni por correcto sino por sacrificado. Ya sé, rebajar la ética a sacrificio corre el riesgo del absurdo, mantenerse a la pata coja mientra te tapas el ojo izquierdo con la mano libre es sin duda un sacrificio pero dificilmente llega a ser acto ético.
El problema llega después. PUedo comenzar con firme propósito mi abstinencia pero al cabo de los días cuando el ayuno aprieta, la arbitrariedad del ayuno aparece como posibilidad y socava así, sin más, como el manotazo de un bebé, mis aspiraciones tan estoicas, tan éticas. Y llego así a mi inicio, ¿cómo mantener una voluntad sin motivos ni por qué's? Sin la experiencia del desastre, sin la amenazante presencia del Mal ¿se puede ser ético? A veces pienso que me arrojo a los bajos fondos con voluntad suicida por falta de pasión, tanto nobles como las que no lo son tanto. Es más dura la indiferencia que la lucha. Aunque sea difícil de explicar cuando el barro se te pega y empiezan a silbar las balas.
jueves, 15 de septiembre de 2011
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