domingo, 16 de agosto de 2009

El mito de la profundidad.

Bueno, pues yo estudio filosofía y ahora quiero escribir una entrada titulada "el mito de la profundidad". Yo caí en él ¿sabeis? Mi voz bajó unas octavas, mi postura se volvió más erguida y apretaba más los ojos en mis conversaciones. También mis manos se volvieron más profundas. Aprendieron a acariciar el aire, a sujetar la barbilla, a agarrar dramaticamente la cabeza, todo fue muy rápido y fácil, me rodeaban grandes profesores. Todo mi cuerpo tenía que amoldarse, ahora era "ESUDIANTE DE FILOSOFÍA".
Todo tenía de pronto un triple sentido, lo difícil se volvió bello y yo soñaba con ser un incomprendido, ya incluso empezaba a fingirlo. No se equivoquen, no es que yo fuera un necio, un figuritas, un payaso intelectual. No, yo mudé mis sueños y convicciones sinceramente. A los 18 años aposté por un mundo que desconocía y en el que por tanto podía creer sincera y totalmente.
Pasaron los años y entendí el bíblico dicho: "El saber añade dolor". Y es que la profundidad es oscura y fría. No es el placer mi razón de ser, pero tampoco lo es el sufrimiento, ustedes perdonen la ignorancia. Algunos temas se me han vuelto tabú. ¿Cobarde dices? Y tú masoca, no te digo... ¿Purificación? Veneno líquido. El culto a la cultura, a la profundidad puede ser no solo vano, sino también gélido y doloroso.
Entonces, ¿qué propones, una desalfabetización, una puricación del vicio del saber? No, supongo que no. Yo no sé cómo deberían ser las cosas. Y si me preguntan qué prefiero la ignorancia o el saber, respondería resignado que el saber (¡pero resignado eh!).