Ay, me gustaría darte un abrazo. Entre tú y yo: lo conseguiste (maldita). Te quiero LJH.
martes, 14 de octubre de 2014
martes, 23 de abril de 2013
Incontestable
¿Te acuerdas con qué libro me quedaría si sólo pudiera quedarme con uno? Me preguntó mi madre una vez.
¿Te acuerdas?
Pensé en una antología de poemas borgianos, edición bilingüe. O quizá uno de Vestdijk; a menudo habla de él como si fuera su escritor favorito. Hubiera podido pensar, debí, en el libro de poemas de mi abuelo, pero no lo hice y casi que mejor porque si lo hubiera hecho, Ese hubiera contestado y mi madre probablemente, muy probablemente, hubiera empezado a llorar, como siempre llora cuando piensa en él; a veces recopila fuerzas y se acerca la libreta pero casi nunca la abre y mucho menos se atreve con un poema. Ya ni me acuerdo qué contesté, sólo que me equivoqué.
La biblia. Si sólo uno, la biblia.
Pero, la verdad, yo no la creía. Ni siquiera sabía dónde estaba, tanto la leía. Para mi era una respuesta sólo teóricamente verdadera, en la práctica no dedica hora alguna a leer el libro sagrado. Pero eso pasa. Hay libros, sobre todo libros, también películas y hasta personas que uno venera pero sólo como teóricamente, luego nunca ve, ni lee, ni llama. Suelen ser los de carácter más serio, fuera del orden comercial, y comparten con las virtudes la rara condición de enaltecer sin enganchar.
La biblia está ahora delante mía. Y como mi madre, hoy respondería que si sólo un libro me pudiese quedar, sería la biblia.
De mi madre he heredado más cosas; parecer inteligente, una incapacidad crónica por atender lo más urgente y un sentido religioso para el arte. Al menos las dos primeras hacen que la vida sea mucho más difícil, la tercera nos hace arrogantes y píos a un tiempo, y digo píos en el mejor sentido posible -avisé lo de arrogante.
Mi madre suele contar de sus años de madre independiente; camarera y universitaria. Tantas veces que parece querer invocar el paraíso perdido. ¿Otra herencia? No, a pesar de todo, no.
Quizá nuestra diferencia más importante es que yo he tenido una madre que me quiere con locura, hasta abrumar. Quizá por ello callo cuando me pregunta, ¿sabes qué libro me llevaría? Yo ya sí lo sé, imposible de olvidar, pero callo; sólo sé callar. Son conversaciones imposibles. Yo callo y veo, pero como detrás de mí, como mi madre erguida baja la mirada a su copa de vino rosé, aprieta los labios y muestra en un relámpago sólo para aquel que está detrás de mí dirigido, toda la tristeza del mundo y, como en herencia, se la cede. Apura el vaso y medio sarcástica medio enfadada, siendo tan (b)ella, Ciska de Amsterdam, dice "na... creo que me merezco otra". Incontestable, incontestable.
¿Te acuerdas?
Pensé en una antología de poemas borgianos, edición bilingüe. O quizá uno de Vestdijk; a menudo habla de él como si fuera su escritor favorito. Hubiera podido pensar, debí, en el libro de poemas de mi abuelo, pero no lo hice y casi que mejor porque si lo hubiera hecho, Ese hubiera contestado y mi madre probablemente, muy probablemente, hubiera empezado a llorar, como siempre llora cuando piensa en él; a veces recopila fuerzas y se acerca la libreta pero casi nunca la abre y mucho menos se atreve con un poema. Ya ni me acuerdo qué contesté, sólo que me equivoqué.
La biblia. Si sólo uno, la biblia.
Pero, la verdad, yo no la creía. Ni siquiera sabía dónde estaba, tanto la leía. Para mi era una respuesta sólo teóricamente verdadera, en la práctica no dedica hora alguna a leer el libro sagrado. Pero eso pasa. Hay libros, sobre todo libros, también películas y hasta personas que uno venera pero sólo como teóricamente, luego nunca ve, ni lee, ni llama. Suelen ser los de carácter más serio, fuera del orden comercial, y comparten con las virtudes la rara condición de enaltecer sin enganchar.
La biblia está ahora delante mía. Y como mi madre, hoy respondería que si sólo un libro me pudiese quedar, sería la biblia.
De mi madre he heredado más cosas; parecer inteligente, una incapacidad crónica por atender lo más urgente y un sentido religioso para el arte. Al menos las dos primeras hacen que la vida sea mucho más difícil, la tercera nos hace arrogantes y píos a un tiempo, y digo píos en el mejor sentido posible -avisé lo de arrogante.
Mi madre suele contar de sus años de madre independiente; camarera y universitaria. Tantas veces que parece querer invocar el paraíso perdido. ¿Otra herencia? No, a pesar de todo, no.
Quizá nuestra diferencia más importante es que yo he tenido una madre que me quiere con locura, hasta abrumar. Quizá por ello callo cuando me pregunta, ¿sabes qué libro me llevaría? Yo ya sí lo sé, imposible de olvidar, pero callo; sólo sé callar. Son conversaciones imposibles. Yo callo y veo, pero como detrás de mí, como mi madre erguida baja la mirada a su copa de vino rosé, aprieta los labios y muestra en un relámpago sólo para aquel que está detrás de mí dirigido, toda la tristeza del mundo y, como en herencia, se la cede. Apura el vaso y medio sarcástica medio enfadada, siendo tan (b)ella, Ciska de Amsterdam, dice "na... creo que me merezco otra". Incontestable, incontestable.
domingo, 7 de abril de 2013
La prueba del delito (revisited)
Hoy estuve mucho tiempo sin hacer nada, sumamente triste.
Intenté pensar en las cosas que me hacen feliz, pero ni los amigos ni el sol me consolaban. Todavía no he salido del momento, aunque haya empezado a escribir estas palabras. Pedir ayuda es pedir ayuda, ningún amigo puede estar ahí como tú en ese momento lo necesitarías. Pedir ayuda es pedirla tú, y lo que yo necesito es que me la den sin yo ( ). Sé que es pedir demasiado.
Pasé la aspiradora por casa, Rama se fue al gimnasio y yo me quedé sólo. Apunté una larga lista de sustantivos con su género en mi hoja de excel, vi la llamada "partida del siglo" jugada por Bobby Fischer a los trece años, terminé de ver el programa sobre Eugenio Trías de la dos y, tras comprobar que no quería ya hacer nada de aquello, apagué el ordenador. Esperé a que llegaran ideas sobre qué hacer. Limpié el frigorífico, quité las migas de la encimera, ordené mis papeles, coloqué las sábanas limpias en el armario y finalmente colgué unas imágenes del desastre ecológico del golfo de Méjico en mi pared más vacía. Luego nada. Esperé otro rato a ver qué idea se me ocurría, qué podía hacer, pero nada me apetecía, nada me apetece. Otras veces he apagado las luces y en posición meditativa he intentado vaciar la mente, pero la espalda me duele y esa posición me destroza. Sin dramatismos cogí una cómoda silla de la cocina y me senté en la silla al revés, colocando la espalda contra la pared torcida de mi habitación. Pero esta vez nada me satisfacía, toda idea me parecía insuficiente y cansina. No estaba cansado, ni verdaderamente triste supongo, ni nostálgico, ni quejica, solo estaba pero como a disgusto. Solo estoy y a disgusto. Pensé en escribir, contar cómo la sensación misma siempre está al otro lado cuando empezamos a narrar. Al final me he puesto a escribir, pero soy consciente de que estoy haciendo trampa, y realmente escribo entretenido, sí, pero sin ganas.
Hay más cosas que van mal que bien. Pero eso es lo de menos. Lo que me asusta, lo que detesto en mí es encontrarme tan celoso. No estoy enamorado y sin embargo tan celoso. Intento controlarme pero los celos encuentran siempre una palabra, un gesto, una trama más para inventar, como una maquinaria descontrolada, mil historias que me angustian el corazón. Siempre una más. Cansa y envilece, me siento víctima y me doy pena, tanta como asco.
Hay suficientes razones objetivas como personales para sentirme mal; Laura, el medio crédito, sentirme perdido, sentir/saber que la mejor época con los mejores amigos ha pasado, etc. Pero nada de esto tiene porqué afectarme como me está afectando ahora. La cosa es que, no sé si yo entero, mínimo una parte importante de mí, se sabe, me sé, débil: las cosas me afectan.
En todo el tiempo que permanecí callado sólo conseguían alegrarme dos fantasías: que Laura me dijera "te he echado de menos" y la intimidad cálida de una sonrisa que me acaricia. No es sexo lo que extraño, es que he perdido toda confianza y me siento sólo.
También me dije, mientras permanecía callado, esta vez no voy a quejarme y sufriré este hastío. Ahora no tengo fuerzas para borrar la prueba del delito.
Esto se escribió el 17 de Febrero.
Hoy es 7 de Abril y estuve todo el día contento. Apareció por fin el sol y su luz nítida, dibujando contornos perfectos bajo el cielo azul. Lo había recuperado todo y todo, de golpe y porrazo desapareció: "he conocido a alguien". Y todo cayshhhhhhhhh ó. Óo, y todo shhhhhhhh a-dios.
Pero hay más cosas que van bien que mal. Soy un hombre libre y sano, inteligente y cada día más valiente, dispuesto ya sí a prender la vida, dejar de vivir a medias. Es mejor (¿es mejor? todo se compara, es así) sentir que no sentir nada, vivir peligrosamente; os lo juro, es mejor porque la vida, de la que se puede hablar al menos, es recuerdo y es mejor, sabiendo que sólo hay una, morderla, x-prenderla. Puestos a elegir prefijjos, elije em- la re-petición es sufrimiento y la com-pañía vivir a medias. Em- de puñar, es decirle NO a nuestro sempiterno monólogo interior, pero decirle SÍ a todo lo demás.
Lauraa, me alegro por ti. Quise ser contigo, lo quise de veras, pero en el fondo no éramos quienes podíamos ser. Sí, he de renunciar a tu "te he echado de menos", me lo cambiaste (a malas) por un "he conocido a alguien" que en eco sonaba, suena (seámonos sinceros) "...y a ti te he olvidado". Y todo cayshhhhhhhó, sí, pero es que tenía que caer, tenía que caer, de hecho ya cayó. Ahora toca pisar los escombros SER más fuerte y vencer a ese que quiso ser a tu vera, que sigue queriendo comprender, no entendiendo (o sí) que la vida es un espacio vacío que se borra de a poco, dónde jugar sale caro, sí, pero donde las reglas no están sino por reescribir. Como nos reescribimos a diario, sin tabla rasa ni fin, solo juego y Verdad. Como Verdad es lo aquí escrito.
Pasé la aspiradora por casa, Rama se fue al gimnasio y yo me quedé sólo. Apunté una larga lista de sustantivos con su género en mi hoja de excel, vi la llamada "partida del siglo" jugada por Bobby Fischer a los trece años, terminé de ver el programa sobre Eugenio Trías de la dos y, tras comprobar que no quería ya hacer nada de aquello, apagué el ordenador. Esperé a que llegaran ideas sobre qué hacer. Limpié el frigorífico, quité las migas de la encimera, ordené mis papeles, coloqué las sábanas limpias en el armario y finalmente colgué unas imágenes del desastre ecológico del golfo de Méjico en mi pared más vacía. Luego nada. Esperé otro rato a ver qué idea se me ocurría, qué podía hacer, pero nada me apetecía, nada me apetece. Otras veces he apagado las luces y en posición meditativa he intentado vaciar la mente, pero la espalda me duele y esa posición me destroza. Sin dramatismos cogí una cómoda silla de la cocina y me senté en la silla al revés, colocando la espalda contra la pared torcida de mi habitación. Pero esta vez nada me satisfacía, toda idea me parecía insuficiente y cansina. No estaba cansado, ni verdaderamente triste supongo, ni nostálgico, ni quejica, solo estaba pero como a disgusto. Solo estoy y a disgusto. Pensé en escribir, contar cómo la sensación misma siempre está al otro lado cuando empezamos a narrar. Al final me he puesto a escribir, pero soy consciente de que estoy haciendo trampa, y realmente escribo entretenido, sí, pero sin ganas.
Hay más cosas que van mal que bien. Pero eso es lo de menos. Lo que me asusta, lo que detesto en mí es encontrarme tan celoso. No estoy enamorado y sin embargo tan celoso. Intento controlarme pero los celos encuentran siempre una palabra, un gesto, una trama más para inventar, como una maquinaria descontrolada, mil historias que me angustian el corazón. Siempre una más. Cansa y envilece, me siento víctima y me doy pena, tanta como asco.
Hay suficientes razones objetivas como personales para sentirme mal; Laura, el medio crédito, sentirme perdido, sentir/saber que la mejor época con los mejores amigos ha pasado, etc. Pero nada de esto tiene porqué afectarme como me está afectando ahora. La cosa es que, no sé si yo entero, mínimo una parte importante de mí, se sabe, me sé, débil: las cosas me afectan.
En todo el tiempo que permanecí callado sólo conseguían alegrarme dos fantasías: que Laura me dijera "te he echado de menos" y la intimidad cálida de una sonrisa que me acaricia. No es sexo lo que extraño, es que he perdido toda confianza y me siento sólo.
También me dije, mientras permanecía callado, esta vez no voy a quejarme y sufriré este hastío. Ahora no tengo fuerzas para borrar la prueba del delito.
Esto se escribió el 17 de Febrero.
Hoy es 7 de Abril y estuve todo el día contento. Apareció por fin el sol y su luz nítida, dibujando contornos perfectos bajo el cielo azul. Lo había recuperado todo y todo, de golpe y porrazo desapareció: "he conocido a alguien". Y todo cayshhhhhhhhh ó. Óo, y todo shhhhhhhh a-dios.
Pero hay más cosas que van bien que mal. Soy un hombre libre y sano, inteligente y cada día más valiente, dispuesto ya sí a prender la vida, dejar de vivir a medias. Es mejor (¿es mejor? todo se compara, es así) sentir que no sentir nada, vivir peligrosamente; os lo juro, es mejor porque la vida, de la que se puede hablar al menos, es recuerdo y es mejor, sabiendo que sólo hay una, morderla, x-prenderla. Puestos a elegir prefijjos, elije em- la re-petición es sufrimiento y la com-pañía vivir a medias. Em- de puñar, es decirle NO a nuestro sempiterno monólogo interior, pero decirle SÍ a todo lo demás.
Lauraa, me alegro por ti. Quise ser contigo, lo quise de veras, pero en el fondo no éramos quienes podíamos ser. Sí, he de renunciar a tu "te he echado de menos", me lo cambiaste (a malas) por un "he conocido a alguien" que en eco sonaba, suena (seámonos sinceros) "...y a ti te he olvidado". Y todo cayshhhhhhhó, sí, pero es que tenía que caer, tenía que caer, de hecho ya cayó. Ahora toca pisar los escombros SER más fuerte y vencer a ese que quiso ser a tu vera, que sigue queriendo comprender, no entendiendo (o sí) que la vida es un espacio vacío que se borra de a poco, dónde jugar sale caro, sí, pero donde las reglas no están sino por reescribir. Como nos reescribimos a diario, sin tabla rasa ni fin, solo juego y Verdad. Como Verdad es lo aquí escrito.
lunes, 1 de abril de 2013
Retratado por LGM
Tiempo tras tiempo,
Hoy por fin llegó el tiempo de buscar bus y alojamiento. El examen era el 18 y yo convencido que era el 19. Busqué bus y el alojamiento, carísimo. Me entro el susto, pánico. Todo lo demás fue frustración y miedo, es frustración y miedo.
Pensé que era buena terapia buscar un poema, ya sabes, a modo de catarsis. Obvié todo amor y busqué por soledad, miedo, tiempo. Sí, al final encontré un poema; para mí que no funcionó lo de la catarsis... los poemas parecen no dejarse leer si buscas "algo" en ellos. Es cosa jodida, ¿cuándo se pone uno a leer poemas? La cosa es que busqué por todas esas palabras y esa es la verdad, al menos ahora lo sé. Mentira, antes también lo sabía. Miedo, tic-tac y soledad, sobre todo soledad. Copié esto, verso a verso.
Está solo. Para seguir camino...
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
Y en mi blog añadí, "así me siento yo. Retratado.". Pero el caso es que da igual, haberlo escrito, copiado, pensado, sentido, llorado. Da igual, la fría saliva no se va, no se irá. Ni catarsis ni hostias, estoy harto ¡HARTO!
sábado, 9 de marzo de 2013
Demuestra que no eres un robot
Por cierto, nada más publicar la entrada anterior me vi arrastrado al (típico) viaje virtual: de esta entrada a aquella, al blog de Clara, al ay te echo de menos, al comentario de otro, a su blog, a "wow que bien escriben todos", Clariclea la primera, hasta llegar al mensaje desconcertante pero real:
"demuestra que no eres un robot"
Me lo pedía un robot, creo. Para la demostración bastaba teclear números y palabras, menos mal.
"demuestra que no eres un robot"
Me lo pedía un robot, creo. Para la demostración bastaba teclear números y palabras, menos mal.
The end of work
Si os preguntaran qué relación hay entre la mecanización del
trabajo y la crisis que estamos viviendo, ¿qué responderíais?
Si respondiera yo, ahora, mientras leo “the end of work” de Jeremy Rifkin respondería que toda. Sería incapaz de trazar una línea directa entre la crisis del débito y las máquinas pero con todo, sin saber muy bien cómo, concluiría que la relación entre una y otra es directa.
Trabajo y empleo.
En un momento del libro se dice que el trabajo y el empleo no es lo mismo. Veámoslo desde el punto de vista privado:
La irreversibilidad de la tecnología.
Jeremy Rifkin nos cuenta en el libro el actual desarrollo de una tercera revolución industrial. La tesis que se mantiene en el libro es que cada desarrollo industrial trae aparejada una disminución del trabajo humano. En la primera etapa esto tuvo un efecto saludable para el trabajador medio ya que pasó de trabajador 12 horas diarias a 8. En la segunda etapa, la revolución eléctrica, Rifkin sostiene que el trabajador fue gradualmente sustituido por máquinas, y a la falta de una estadística contundente que lo demuestre responde que el progresivo desempleo fue compensado por guerras continuadas, que no deja de ser una inversión estatal desde cierto punto de vista frío y matemático. La tercera revolución concierne a las máquinas inteligentes, las cuales programables e interconectadas entre sí pueden llevar a cabo procesos complejos antes reservado al hombre. Todo aquella tarea y respuesta que sea traducible a un circuito de sí y no’s, de ceros y unos es realizable por una máquina “inteligente”. Si a eso añadimos su enlace con robots, capaces de llevar a cabo tareas locales es evidente que gran parte del trabajo existente es realizable por máquinas.
Técnica y sociedad.
Quizá haya sido siempre así. Sin embargo imagino que supone una gran brecha la primera máquina, hecha por el hombre, independiente en su funcionamiento del hombre mismo. Supongo que a esto es a lo que tendemos a llamar máquina. No sé cuándo se produjo la primera. No es la pólvora, ni la brújula (¿o sí?) ni la imprenta, inventos que suelen ser citados como decisivos para la transición hacia la modernidad.
Recorrido a través de la historia del pensamiento.
Yo solo puedo hablar de lo que conozco, y algo sé de la historia del pensamiento, me interesa pues qué pensó y escribió Descartes, Leibniz y Pascal acerca de la técnica y de las máquinas. Sé que a Leibniz se le considera el primero en construir una máquina, creo que una calculadora, prototipo del futuro ordenador. Pascal también inventó alguna máquina que otra, y a Descartes le fascinaba lo suficiente como para considerar a todo animal, máquina. También es interesante al respecto que estos pensadores, los llamados racionalistas, tenían un gran interés y conocimiento de la matemática. Estos tres pensadores vivieron en el siglo XVII y son parte del legado de la filosofía continental. Diferenciada esta de la filosofía escrita en las islas británicas, sin embargo creo que esta línea de pensamiento es continuada de alguna manera por la filosofía analítica. Sin embargo no se puede considerar a los proto-ilustrados Locke, Hume, Berkeley, Hobbes y compañía como pensadores ocupados con estas intrigas técnicas; más bien su pensamiento es de corte más humanista y orientado hacia la influencia política. Parece en la época ilustrada encontramos un impass, sin ser un experto creo que tampoco en Kant, cumbre de la Ilustración, encontramos reflexiones ocupados con esta temática. Tras el convulso final del siglo XVIII, con la revolución francesa y el despertar de Estados Unidos, nos encontramos con la llegada de Napoleón y la paulatina traslación hacia sociedades profesionalizadas y disciplinadas, aquí encontramos a Hegel. Supongo que alguien habrá dicho, yo al menos creo haberlo escuchado, que el sistema hegeliano es como una máquina que sigue su combustión interna. La dialéctica hegeliana, que pretende explicar, además, el curso de la historia en su conjunto se puede describir como un proceso automático, que sigue su propia lógica; esta lógica si bien pueda parecer imparable y acongojante, es benévola, identificándose con la razón y el bien. A partir de aquí, creo que el pensamiento acerca de la técnica siempre será crítico, como un problema con el que lidiar y dar lugar. Dejo aquí este rápido sobrevuelo, pero me gustaría volver a Hegel para terminar este apartado con él ¿cuántas veces no habremos escuchado “racionalización” y cuántas veces no nos han intentado convencer de sus virtudes los empresarios que querían reducir plantilla? Ojo, pues, con lo que llamemos racional, sería terrible que sigamos un plan absolutamente racional pero inhumano.
Dejo este texto aquí, creo que sería interesante ahondar en un futuro en este tema de la técnica. Un apartado muy interesante que no he tocada es el intento (frustrado) de comprender el lenguaje mediante un enfoque analítico. Hablo de Frege, Russell y Wittgenstein, ¿no equivale esa investigación al intento de automatizar el lenguaje? El lenguaje, el nuestro, el llamado analíticamente “natural”, resistió el embate. Creo que desde entonces muchos intelectuales han estudiado el lenguaje intentando encontrar en su estructura un modelo alternativo al analítico. Quizá también para dar un lugar distinto a la técnica en nuestras sociedades. Los vínculos entre estas afirmaciones se me escapan, pero merece la pena investigar el asunto.
Si respondiera yo, ahora, mientras leo “the end of work” de Jeremy Rifkin respondería que toda. Sería incapaz de trazar una línea directa entre la crisis del débito y las máquinas pero con todo, sin saber muy bien cómo, concluiría que la relación entre una y otra es directa.
Trabajo y empleo.
En un momento del libro se dice que el trabajo y el empleo no es lo mismo. Veámoslo desde el punto de vista privado:
El empleo le concierne tanto al empresario como al
trabajador, al primero le supone un gran coste y al segundo su medio de
subsistencia. En este sentido las máquinas no se emplean. Las máquinas se
compran y luego se explotan hasta el máximo de su rendimiento para recuperar la
inversión primero, y empezar a generar beneficios después. Esta inversión suele
ser lo suficientemente significativa para hacer girar el núcleo de la actividad
alrededor de la máxima rentabilización de las máquinas. Al empresario le
interesa encontrar el equilibro entre el máximo trabajo posible respecto a los
mínimos costes. Esto se traduce en la práctica a más máquinas, menos empleados.
Desde el otro punto de vista, el público, tanto trabajo y
empleo son deseables y hasta necesarios. Un aumento del paro implica no solo un
“desaprovechamiento” de fuerzas de trabajo sino sobre todo un gran lastre para
el estado y sufrimiento directo para el parado. Si la adquisición de maquinaria
le resulta rentable al empresario es sólo en la medida en la que puede
sustituir a trabajadores de carne y hueso. Esto significa beneficios para el
empresario y pobreza para el empleado. A largo plazo esto puede dar lugar a que
un país industrializado los números macroeconómicos sean saludables, la
mecanización del trabajo aumenta la producción y hace que las empresas sean
competitivas, también en un plano internacional, sin embargo al mismo tiempo
podría darse una tasa de paro significativa, lo cual supone un gran gasto para
el estado que tampoco podría emprender planes de salud, educación e
infraestructura que beneficiarían a todos. En un país industrializado el estado
tendería a la bancarrota, con una parte significativa de la población en paro,
pero sin embargo las empresas más importantes gozarían de buena salud.
En economía, sin embargo, parece que un mismo hecho siempre
actúa en dos direcciones contrapuestas. Lo cual, por cierto, no quiere decir
que se anulen entre sí. El caso clásico lo podemos encontrar en la crisis del
29. De esta crisis y sus causas solo puedo hablar como un novatísimo amateur.
En dos palabras, parece que en esta época aumentó espectacularmente la
producción sin aumentar la capacidad de consumo de los empleados. Esto hizo que
muchísima mercancía no encontrara salida en el mercado, lo cual supuso un duro
golpe económico para las empresas. Como resultado tanto las empresas como los
empleados estaban arruinados. Este acontecimiento histórico nos enseña que no
todo aumento de la producción es necesariamente bueno para la economía. Por lo
demás, la salida keynesiana que promovió Roosvelt, y la conciencia de necesitar
“producir” consumidores tanto como productos, marcaron el desarrollo de la
economía en el siglo XX.
La irreversibilidad de la tecnología.
Jeremy Rifkin nos cuenta en el libro el actual desarrollo de una tercera revolución industrial. La tesis que se mantiene en el libro es que cada desarrollo industrial trae aparejada una disminución del trabajo humano. En la primera etapa esto tuvo un efecto saludable para el trabajador medio ya que pasó de trabajador 12 horas diarias a 8. En la segunda etapa, la revolución eléctrica, Rifkin sostiene que el trabajador fue gradualmente sustituido por máquinas, y a la falta de una estadística contundente que lo demuestre responde que el progresivo desempleo fue compensado por guerras continuadas, que no deja de ser una inversión estatal desde cierto punto de vista frío y matemático. La tercera revolución concierne a las máquinas inteligentes, las cuales programables e interconectadas entre sí pueden llevar a cabo procesos complejos antes reservado al hombre. Todo aquella tarea y respuesta que sea traducible a un circuito de sí y no’s, de ceros y unos es realizable por una máquina “inteligente”. Si a eso añadimos su enlace con robots, capaces de llevar a cabo tareas locales es evidente que gran parte del trabajo existente es realizable por máquinas.
A esto quisiera añadir la reflexión, por lo demás evidente,
de la irreversibilidad de la tecnología. Es decir, la historia humana en sus
años venideros no vivirá ya más en un mundo sin estas máquinas. Toda tecnología
ha llegado para quedarse. La electricidad, trenes y aviones, armas, tanto
tanques como bombas nucleares y químicas, la biotecnología, los ordenadores
personales, la intercomunicación global (internet), todo ha quedado para
quedarse. Aparte de las consecuencias apocalípticas o redentoras que pueda
tener algunos avances tecnológicos, su mayor impacto se encuentra en el impacto
que tiene sobre la organización de la sociedad como un todo, y el día a día de
cada uno de nosotros. Igual que una fábrica se organiza alrededor de su
maquinaria, la sociedad se organiza alrededor de la tecnología existente.
Técnica y sociedad.
Quizá haya sido siempre así. Sin embargo imagino que supone una gran brecha la primera máquina, hecha por el hombre, independiente en su funcionamiento del hombre mismo. Supongo que a esto es a lo que tendemos a llamar máquina. No sé cuándo se produjo la primera. No es la pólvora, ni la brújula (¿o sí?) ni la imprenta, inventos que suelen ser citados como decisivos para la transición hacia la modernidad.
Recorrido a través de la historia del pensamiento.
Yo solo puedo hablar de lo que conozco, y algo sé de la historia del pensamiento, me interesa pues qué pensó y escribió Descartes, Leibniz y Pascal acerca de la técnica y de las máquinas. Sé que a Leibniz se le considera el primero en construir una máquina, creo que una calculadora, prototipo del futuro ordenador. Pascal también inventó alguna máquina que otra, y a Descartes le fascinaba lo suficiente como para considerar a todo animal, máquina. También es interesante al respecto que estos pensadores, los llamados racionalistas, tenían un gran interés y conocimiento de la matemática. Estos tres pensadores vivieron en el siglo XVII y son parte del legado de la filosofía continental. Diferenciada esta de la filosofía escrita en las islas británicas, sin embargo creo que esta línea de pensamiento es continuada de alguna manera por la filosofía analítica. Sin embargo no se puede considerar a los proto-ilustrados Locke, Hume, Berkeley, Hobbes y compañía como pensadores ocupados con estas intrigas técnicas; más bien su pensamiento es de corte más humanista y orientado hacia la influencia política. Parece en la época ilustrada encontramos un impass, sin ser un experto creo que tampoco en Kant, cumbre de la Ilustración, encontramos reflexiones ocupados con esta temática. Tras el convulso final del siglo XVIII, con la revolución francesa y el despertar de Estados Unidos, nos encontramos con la llegada de Napoleón y la paulatina traslación hacia sociedades profesionalizadas y disciplinadas, aquí encontramos a Hegel. Supongo que alguien habrá dicho, yo al menos creo haberlo escuchado, que el sistema hegeliano es como una máquina que sigue su combustión interna. La dialéctica hegeliana, que pretende explicar, además, el curso de la historia en su conjunto se puede describir como un proceso automático, que sigue su propia lógica; esta lógica si bien pueda parecer imparable y acongojante, es benévola, identificándose con la razón y el bien. A partir de aquí, creo que el pensamiento acerca de la técnica siempre será crítico, como un problema con el que lidiar y dar lugar. Dejo aquí este rápido sobrevuelo, pero me gustaría volver a Hegel para terminar este apartado con él ¿cuántas veces no habremos escuchado “racionalización” y cuántas veces no nos han intentado convencer de sus virtudes los empresarios que querían reducir plantilla? Ojo, pues, con lo que llamemos racional, sería terrible que sigamos un plan absolutamente racional pero inhumano.
Dejo este texto aquí, creo que sería interesante ahondar en un futuro en este tema de la técnica. Un apartado muy interesante que no he tocada es el intento (frustrado) de comprender el lenguaje mediante un enfoque analítico. Hablo de Frege, Russell y Wittgenstein, ¿no equivale esa investigación al intento de automatizar el lenguaje? El lenguaje, el nuestro, el llamado analíticamente “natural”, resistió el embate. Creo que desde entonces muchos intelectuales han estudiado el lenguaje intentando encontrar en su estructura un modelo alternativo al analítico. Quizá también para dar un lugar distinto a la técnica en nuestras sociedades. Los vínculos entre estas afirmaciones se me escapan, pero merece la pena investigar el asunto.
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