Si respondiera yo, ahora, mientras leo “the end of work” de Jeremy Rifkin respondería que toda. Sería incapaz de trazar una línea directa entre la crisis del débito y las máquinas pero con todo, sin saber muy bien cómo, concluiría que la relación entre una y otra es directa.
Trabajo y empleo.
En un momento del libro se dice que el trabajo y el empleo no es lo mismo. Veámoslo desde el punto de vista privado:
El empleo le concierne tanto al empresario como al
trabajador, al primero le supone un gran coste y al segundo su medio de
subsistencia. En este sentido las máquinas no se emplean. Las máquinas se
compran y luego se explotan hasta el máximo de su rendimiento para recuperar la
inversión primero, y empezar a generar beneficios después. Esta inversión suele
ser lo suficientemente significativa para hacer girar el núcleo de la actividad
alrededor de la máxima rentabilización de las máquinas. Al empresario le
interesa encontrar el equilibro entre el máximo trabajo posible respecto a los
mínimos costes. Esto se traduce en la práctica a más máquinas, menos empleados.
Desde el otro punto de vista, el público, tanto trabajo y
empleo son deseables y hasta necesarios. Un aumento del paro implica no solo un
“desaprovechamiento” de fuerzas de trabajo sino sobre todo un gran lastre para
el estado y sufrimiento directo para el parado. Si la adquisición de maquinaria
le resulta rentable al empresario es sólo en la medida en la que puede
sustituir a trabajadores de carne y hueso. Esto significa beneficios para el
empresario y pobreza para el empleado. A largo plazo esto puede dar lugar a que
un país industrializado los números macroeconómicos sean saludables, la
mecanización del trabajo aumenta la producción y hace que las empresas sean
competitivas, también en un plano internacional, sin embargo al mismo tiempo
podría darse una tasa de paro significativa, lo cual supone un gran gasto para
el estado que tampoco podría emprender planes de salud, educación e
infraestructura que beneficiarían a todos. En un país industrializado el estado
tendería a la bancarrota, con una parte significativa de la población en paro,
pero sin embargo las empresas más importantes gozarían de buena salud.
En economía, sin embargo, parece que un mismo hecho siempre
actúa en dos direcciones contrapuestas. Lo cual, por cierto, no quiere decir
que se anulen entre sí. El caso clásico lo podemos encontrar en la crisis del
29. De esta crisis y sus causas solo puedo hablar como un novatísimo amateur.
En dos palabras, parece que en esta época aumentó espectacularmente la
producción sin aumentar la capacidad de consumo de los empleados. Esto hizo que
muchísima mercancía no encontrara salida en el mercado, lo cual supuso un duro
golpe económico para las empresas. Como resultado tanto las empresas como los
empleados estaban arruinados. Este acontecimiento histórico nos enseña que no
todo aumento de la producción es necesariamente bueno para la economía. Por lo
demás, la salida keynesiana que promovió Roosvelt, y la conciencia de necesitar
“producir” consumidores tanto como productos, marcaron el desarrollo de la
economía en el siglo XX.
La irreversibilidad de la tecnología.
Jeremy Rifkin nos cuenta en el libro el actual desarrollo de una tercera revolución industrial. La tesis que se mantiene en el libro es que cada desarrollo industrial trae aparejada una disminución del trabajo humano. En la primera etapa esto tuvo un efecto saludable para el trabajador medio ya que pasó de trabajador 12 horas diarias a 8. En la segunda etapa, la revolución eléctrica, Rifkin sostiene que el trabajador fue gradualmente sustituido por máquinas, y a la falta de una estadística contundente que lo demuestre responde que el progresivo desempleo fue compensado por guerras continuadas, que no deja de ser una inversión estatal desde cierto punto de vista frío y matemático. La tercera revolución concierne a las máquinas inteligentes, las cuales programables e interconectadas entre sí pueden llevar a cabo procesos complejos antes reservado al hombre. Todo aquella tarea y respuesta que sea traducible a un circuito de sí y no’s, de ceros y unos es realizable por una máquina “inteligente”. Si a eso añadimos su enlace con robots, capaces de llevar a cabo tareas locales es evidente que gran parte del trabajo existente es realizable por máquinas.
A esto quisiera añadir la reflexión, por lo demás evidente,
de la irreversibilidad de la tecnología. Es decir, la historia humana en sus
años venideros no vivirá ya más en un mundo sin estas máquinas. Toda tecnología
ha llegado para quedarse. La electricidad, trenes y aviones, armas, tanto
tanques como bombas nucleares y químicas, la biotecnología, los ordenadores
personales, la intercomunicación global (internet), todo ha quedado para
quedarse. Aparte de las consecuencias apocalípticas o redentoras que pueda
tener algunos avances tecnológicos, su mayor impacto se encuentra en el impacto
que tiene sobre la organización de la sociedad como un todo, y el día a día de
cada uno de nosotros. Igual que una fábrica se organiza alrededor de su
maquinaria, la sociedad se organiza alrededor de la tecnología existente.
Técnica y sociedad.
Quizá haya sido siempre así. Sin embargo imagino que supone una gran brecha la primera máquina, hecha por el hombre, independiente en su funcionamiento del hombre mismo. Supongo que a esto es a lo que tendemos a llamar máquina. No sé cuándo se produjo la primera. No es la pólvora, ni la brújula (¿o sí?) ni la imprenta, inventos que suelen ser citados como decisivos para la transición hacia la modernidad.
Recorrido a través de la historia del pensamiento.
Yo solo puedo hablar de lo que conozco, y algo sé de la historia del pensamiento, me interesa pues qué pensó y escribió Descartes, Leibniz y Pascal acerca de la técnica y de las máquinas. Sé que a Leibniz se le considera el primero en construir una máquina, creo que una calculadora, prototipo del futuro ordenador. Pascal también inventó alguna máquina que otra, y a Descartes le fascinaba lo suficiente como para considerar a todo animal, máquina. También es interesante al respecto que estos pensadores, los llamados racionalistas, tenían un gran interés y conocimiento de la matemática. Estos tres pensadores vivieron en el siglo XVII y son parte del legado de la filosofía continental. Diferenciada esta de la filosofía escrita en las islas británicas, sin embargo creo que esta línea de pensamiento es continuada de alguna manera por la filosofía analítica. Sin embargo no se puede considerar a los proto-ilustrados Locke, Hume, Berkeley, Hobbes y compañía como pensadores ocupados con estas intrigas técnicas; más bien su pensamiento es de corte más humanista y orientado hacia la influencia política. Parece en la época ilustrada encontramos un impass, sin ser un experto creo que tampoco en Kant, cumbre de la Ilustración, encontramos reflexiones ocupados con esta temática. Tras el convulso final del siglo XVIII, con la revolución francesa y el despertar de Estados Unidos, nos encontramos con la llegada de Napoleón y la paulatina traslación hacia sociedades profesionalizadas y disciplinadas, aquí encontramos a Hegel. Supongo que alguien habrá dicho, yo al menos creo haberlo escuchado, que el sistema hegeliano es como una máquina que sigue su combustión interna. La dialéctica hegeliana, que pretende explicar, además, el curso de la historia en su conjunto se puede describir como un proceso automático, que sigue su propia lógica; esta lógica si bien pueda parecer imparable y acongojante, es benévola, identificándose con la razón y el bien. A partir de aquí, creo que el pensamiento acerca de la técnica siempre será crítico, como un problema con el que lidiar y dar lugar. Dejo aquí este rápido sobrevuelo, pero me gustaría volver a Hegel para terminar este apartado con él ¿cuántas veces no habremos escuchado “racionalización” y cuántas veces no nos han intentado convencer de sus virtudes los empresarios que querían reducir plantilla? Ojo, pues, con lo que llamemos racional, sería terrible que sigamos un plan absolutamente racional pero inhumano.
Dejo este texto aquí, creo que sería interesante ahondar en un futuro en este tema de la técnica. Un apartado muy interesante que no he tocada es el intento (frustrado) de comprender el lenguaje mediante un enfoque analítico. Hablo de Frege, Russell y Wittgenstein, ¿no equivale esa investigación al intento de automatizar el lenguaje? El lenguaje, el nuestro, el llamado analíticamente “natural”, resistió el embate. Creo que desde entonces muchos intelectuales han estudiado el lenguaje intentando encontrar en su estructura un modelo alternativo al analítico. Quizá también para dar un lugar distinto a la técnica en nuestras sociedades. Los vínculos entre estas afirmaciones se me escapan, pero merece la pena investigar el asunto.
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