Llega Junio, el primer mes del verano. Así lo he sentido siempre y así sigo asociando Junio con cositas buenas. Es por eso por lo que he descubierto ser un optimista, porque la realidad que se me presenta es un mes plagado de exámenes que como mucho puede presumir de terminar veraniego, pero más bien empieza infernal. Al menos esto es así para la inmensa mayoría de los estudiantes. Para mí lo es en menor medida, decidido que el verano es ocasión perfecta para estudiar lógica y alemán, Junio sólo guarda tres fechas temidas. Fechas que además no son tan temidas, mas bien lo contrario: antropología, ontología e historia de la filosofía antigua son las tres asignaturas más interesantes de este curso que he elegido vivir, es más, la fecha que acoje al "exámen antropológico" es aguardado casi con ansiedad por mi parte.
Juan Bautista Fuentes, nombre y apellidos de mi profesor de antropología y el único responsable de la extraña benevolencia con que acojo la fecha de su examinación. Culpable de acrecentar mi interés en los temas antropológicos es también culpable del soplo que disipa, al menos un poco, el polvo que cubre la solución de los problemas que la antropología trata. Sus movimientos nerviosos que inmitan a la perfección un tango en solitario a doble velocidad, el sudor que desprende su entusiasmo y excitación, el desagradable aspecto que ofrece al final de clase su boca resecada, gestos todos que ya quedarán asociados ineludiblemente a genio y figura, gestos todos que describe sólo la envoltura de un contenido incluso más espectacular. Mediante esbozos, introducciones, y descripciones esqueléticas, este profesor me ha introducido a mí y a mis compañeros, en el apasionante mundo del hombre. Intercalando críticas a la sociedad, a la facultad, a la política, a la concepción de filosofía actual y a un sin fin de autores filosóficos, Fuentes ha sudado la gota gorda por conseguir lo conseguido, que es presentarnos el horizonte del problema, hacernos dar cuenta que el polvo sólo esconde un baúl con vistas a lo imposible.
Casi con total seguridad sé que nunca leerá este homenaje sentido, pero no es necesario que lo lea, sólo es necesario que yo lo escriba y que sea consciente siempre que le debo enterno agradecimiento y gracia. Muchas gracias por su curso D. Juan Bautista Fuentes, ha sido un regalo.
Juan Bautista Fuentes, nombre y apellidos de mi profesor de antropología y el único responsable de la extraña benevolencia con que acojo la fecha de su examinación. Culpable de acrecentar mi interés en los temas antropológicos es también culpable del soplo que disipa, al menos un poco, el polvo que cubre la solución de los problemas que la antropología trata. Sus movimientos nerviosos que inmitan a la perfección un tango en solitario a doble velocidad, el sudor que desprende su entusiasmo y excitación, el desagradable aspecto que ofrece al final de clase su boca resecada, gestos todos que ya quedarán asociados ineludiblemente a genio y figura, gestos todos que describe sólo la envoltura de un contenido incluso más espectacular. Mediante esbozos, introducciones, y descripciones esqueléticas, este profesor me ha introducido a mí y a mis compañeros, en el apasionante mundo del hombre. Intercalando críticas a la sociedad, a la facultad, a la política, a la concepción de filosofía actual y a un sin fin de autores filosóficos, Fuentes ha sudado la gota gorda por conseguir lo conseguido, que es presentarnos el horizonte del problema, hacernos dar cuenta que el polvo sólo esconde un baúl con vistas a lo imposible.
Casi con total seguridad sé que nunca leerá este homenaje sentido, pero no es necesario que lo lea, sólo es necesario que yo lo escriba y que sea consciente siempre que le debo enterno agradecimiento y gracia. Muchas gracias por su curso D. Juan Bautista Fuentes, ha sido un regalo.