Vuelta a la escuela.
Los pasillos, las escaleras, las aulas, el inmenso patio, todo estaba vacío, hueco. Todo se había hecho miniatura, ahí andábamos los dos con la cabeza gacha mirando dónde pisábamos, como gigantes patosos en una casa de muñecas. Los amigos y compañeros habían mutado en niños y adolescentes, los profesores pasaron de referentes a condenados de la rutina. La escuela entera helaba, el blanco y el mármol confabulaban contra la familiaridad, contra la calidez que esperaba encontrar y no encontré. La escuela entera estaba infectada de pureza, aquello olía a hospital a desinfectante, aire viciado y esterilizador. Los planos de mi conciencia se hicieron añicos, ¿dónde estaban las voces, el griterío, las risas, las persecuciones por los pasillos, el repentino silencio cuando se acercaba algún profesor? ¿Dónde estaba la pillería, la vida?
Veías los profesores repitiendo su rutina con diligencia, cada uno con sus planes fuera de la escuela. El teatro, la tesis doctoral, la jubilación, la literatura, el escribir, la familia… sus vidas estaban fuera de esas aulas, de esos antros de rutina. Aquellas aulas en las que pasaban las horas, todas sus horas, no eran su porqué, su motivación o su inspiración, aquellas aulas eran su lugar de trabajo, su lugar de laborar, su paso intermedio ineludible, ahí laboraban esperando que pasasen las horas y poder escapar, liberarse del tortuoso trabajo y ser libres para ser quienes querían ser. Hospital o burocracia, lo que queráis, las dos imágenes me valen, ¿quién va con gusto?
Ahí se nos recordaba como una especie de generación límite, éramos la generación mensajera del cataclismo, todavía éramos inocentes y rescatables. ¡Nosotros! Límite…
No nos engañemos, todos somos límites para quienes protestan contra la decadencia que les ha tocado vivir. “Hoy en día no tienen base” ¿qué significa sino: “nosotros sí que teníamos base”? Hoy en día no, y ¿quiénes sí? Los apesadumbrados profesores, que pobrecitos ellos tienen que lidiar con los frutos de la ignorancia y futilidad del hoy.
¿Qué le diría hoy un antiguo alumno reencarnado en alumno de pleno derecho? Quizás algo así como:
Disculpe profesor, podría usted hacerme el favor de dejar de quejarse de nuestra ignorancia, incompetencia y falta de interés e inculcarnos esa hambre de saber, implánteme el gusanillo de la curiosidad, métame en ese mundo inabarcable y maravilloso y deje de quejarse de nuestro legado del que en todo caso somos víctimas pasivas. Y por cierto, ¿se da cuenta que al quejarse de nuestra “falta de base” se está curando en salud, que le está pasando el muerto a otro? Piénselo, quizás eso de ser profesor sea justamente educar, enseñar, formar esa base… por favor, enseñe enseñando y deje de quejarse”.
jueves, 11 de diciembre de 2008
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1 comentario:
Pues a mi me gusta
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