sábado, 3 de marzo de 2012

Juego o tango, tango o juego, o el que(más)dará(?)

No escribí nada cuando me enteré de nuestra ruptura simbólica. Jamás supe que algo que no existe, que no era real, pudiera doler tanto cuando se rompe, sin embargo dolió y sin embargo también nada existió -y eso (también) duele-. Nos gustaba escribirnos, ficcionarnos, estar o hacer como que estábamos (enamorados) como adolescentes -es revelador la cantidad de cosas únicas que saben y pueden hacer los que adolecen-. Nos contábamos mentiras, algunas verdades, sólo las más importantes, y el resto del tiempo jugábamos a importarnos mucho y nada, a la vez como juego imposible del que éramos los amos absolutos.
Un día retiraste el tablero con la partida sin acabar, podrías al menos haberlo volcado, ahora repito el mismo sueño una y otra vez. Estoy yo, encogido, sentado, sólo se ve mi nuca (¿cómo reconozco mi nuca? No lo sé) y lloro. La primera lágrima que cae se estrella ante un aparente vacío, aparecen las primeras fichas -mojadas- y así mientras lloro veo que el juego nunca dejó mi regazo, que tú sólo quitaste el juego físico, el empírico, pero el real lo llevo yo. Y así, después de mucho llorar, toco la húmeda, noble madera; me toca mover, muevo -te dejo en posición difícil- y pongo a esperar. Curioso juego en el que el reloj corre a cuenta del oponente, donde la verdadera victoria está en no terminar, yo espero pero tu no juegas; el tablero pesa cada vez menos, las cuadradas líneas de las casillas se emborronan y entretejen, pronto ya sólo veo hebras de ficción que saltan de su quietud y difuminan en el vacío del que provienen. En un último intento desesperado me esfuerzo por llorar pero las cuencas de mis ojos están secas, rojas e irritadas sólo saben quemar, nada irrigan ya.
Cuando llegas el juego ya acabó, perdimos los dos, yo te quise avisar pero ya sabes: las reglas del juego lo prohiben. Luego despierto y veo que nada de eso pasó o eso, iluso consciente y buen pensador, pienso yo. No sé si hubó juego, jugamos o jugaremos, no me sé las reglas y no te puedo ilustar. Creo escribirte el pretérito pero quién sabe, todo lo que existe ha de ser verdad -es el triste sino de todo acaecer -el no poder escapar a su seriedad--.
Sabé vos que el argentino se infiltra sólo cuando escucha a tango y esto, vos lo sabes, es tan sereno como corazonado. Mil besos Clariclea.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pues bien, es mi turno.

Nunca debí besarte. Nunca debí haberte dicho que deseaba perderme contigo por Madrid, porque ya se sabe que de Madrid al cielo, y el cielo de pronto se abrió, y salió el sol, y nosotros nos escondimos debajo de tu edredón a hacer cosas de mayores, cuando en realidad somos sólo un par de críos buscando un hueco en lo llamado “real”. Pero bajo el calor asfixiante de aquel plumífero se cocieron más que nuestros cuerpos henchidos de letras y de cuentos y de frases a borbotones. Y todo explotó. La ficción es una bomba de chicle que puede estirarse y masticarse, y disfrutar casi eternamente del azúcar penetrando en la sangre y llenándolo todo de energía. Pero las bombas de chicle a veces explotan y yo sólo quiero seguir mascando, aunque me muera de envidia, seamos claros, por lanzarme a tus ojos cada vez que te tengo delante.

No fue un juego. No lo es, no hace falta usar un pretérito que me llena de lágrimas el teclado del ordenador. No hay juego y no hay reglas ni las hubo nunca. Y si las hay yo no las tengo. Ni tengo el tablero, ni las fichas, ni la fuerza para jugar ahora. Sólo tengo tres meses, y te irás hasta quién sabe cuándo y dónde. No quiero quedarme llorando detrás de un montón de recuerdos y una bomba de humo. Me hubiera encantado conocer las normas del ajedrez, pero no deseo encontrarme el agua al cuello cuando sólo he logrado aprender los nombres de las piezas.

Mientras tanto, me conformo con echarte de menos a cada rato, con pensar menos porque no me llevas la contraria, con hacer el ridículo en el baño porque no me atrevo a irrumpir tus conversaciones, mientras sigues viviendo de verdad, mientras sigo observando desde lejos nuestro libro, ese que comenzamos, que secretamente abro cada noche y leo bajo la luz de la linterna. Y sí, me estoy dejando los ojos y la piel. Pero sé, sé que es mejor así. Para los dos.