lunes, 31 de marzo de 2008

Señor Valéry.

Os presento mi libro preferido. Más que mi libro preferido es el libro que siento más mío de todos los que conozco, y no me refiero a su autoría. Vereis, este libro fue comprado por impulso, digamos que por intuición, después de un largo paseo por Madrid, en mi querida casa del libro y es el culpable de mi amor platónico por Gonçalo M. Tavares.
Y hoy quiero compartirlo con vosotros. Esta es mi selección:

Mis convenciones compartidas: El clavo.

El señor Valéry conocía a personas arrogantes y no le gustaban.
Para el señor Valéry, arrogante era la persona que se creía mejor que su tarea, ya se tratara de servir mesas, escribir, o pintar un cuadro.
El señor Valéry explicaba:

-Conozco a personas que van por la calle como si hicieran un favor al acto de caminar. Es peligroso creernos mayores que nuestra tarea -explicaba el señor Valéry.
-Si nuestra tarea consiste en clavar un clavo en la pared...
(y dibujaba)

[dibujo de un martillo a punto de golpear un clavo]

-... y nos creemos más inteligentes que esa tarea, corremos el riesgo de fallar el golpe y dar de lleno en nuestro propio dedo.
-Pero tampoco podemos considerarnos menos inteligentes que nuestra tarea, pues por inhibición corremos el riesgo de fallar de nuevo, y así volver a dar de lleno en nuestro propio dedo.
-Por eso -concluía el señor Valéry-, yo me considero, en cualquier situación, al mismo nivel que la tarea. Ni soy su jefe, ni su empleado, Mi tarea y yo somos cosas con igual inteligencia que en un momento dado comparten destino.
Y nada más.

El señor Valéry, tras esta disertación filosófica, se quedó sin aliento de tan feliz que estaba.

Lecciones que aprender: la competición.

Al señor Valéry no le gustaba competir.
Solía decir, al respecto de cualquier competición, que todas las clasificaciones eran malas del primer al último puesto
Y se preguntaba:

-¿Ganar a los demás para qué? ¿Perder frente a los demás por qué?
-Prefiero ser viceúltimo o subúltimo -apostillaba con ironía.

Y explicaba:

-Solo existe justicia en una competición si todos parten de condiciones iguales. Pero eso no existe, sabido es. Y si todos fuesen iguales, ¿cómo podría uno quedar por delante de otro? En una competición las personas siempre acaban como habían empezado. -concluía el señor Valéry.

Y el señor Valéry añadía:

-A mí lo que me gustaría sería ver una carrera de cien metros en la que cada pista terminase en un punto distinto.
-Imaginad cuatro pistas de cien metros que fuesen así...
(y dibujaba)

[se ven dos líneas formando una cruz con flechas en los extremos que apuntan cada una a un puntito]

-De este modo -proseguía el seño Valéry-, al acabar la competición, cada atleta comprendería mejor qué le esperaba al día siguiente. Aunque ganara la competición, acabaría la carrera solo, lo que en sí es una pequeña lección de vida.

Y tras esta afirmación algo ambigua, el señor Valéry retomó su paseo diario, el cuerpo ligeramente encorvado, el sombrero calado hasta las orejas, y solo, completamente solo, como siempre.

A veces me siento el mismísimo señor Valéry: El truco.

El señor Valéry siempre vestía de negro. Él explicaba:

-Al verme de negro, la gente cree que estoy de luto y, por compasión, no me envía más sufrimiento.

Y añadía:

-No se puede sufrir el doble de mucho. Ese es, de hecho, el único motivo por el que alcanzo a ser feliz en determinados días: mi traje de luto los engaña. Y siempre es buena sensación engañar a los más fuertes -añadía, orgulloso, el señor Valéry, aunque nadie sabía exactamente a quién se refería. El señor Valéry, sin embargo, insistía:

-Es como una reacción química.
Y dibujó

[Dibujo de un rectángulo separado en dos mitades, una negro a la izquierda y el otro blanco a la derecha]

-Si a un lado todo está oscuro y al otro todo claro, la tendencia es que el lado oscuro ofrezca oscuridad al lado claro, y que el lado claro ofrezca claridad al lado oscuro. Al cabo de un tiempo, se llega a un equilibrio.

(Llegados a este punto, el señor Valéry hizo otro dibujo)

[Dibujo de un rectángulo rayado con una división por la mitad]

-Mi truco -decía el seor Valéry mientras, distraído por sus razonamientos, se ponía un traje blanco-, mi truco -decía él- es ir siempre de luto. Para atraer la alegría.

De nuevo encarnado...: La taza de café.

Al señor Valéry le gustaba mucho el café. Para el señor Valéry, trabajar y beber café eran la misma cosa. Su trabajo, a partir de cierto momento, consistía en beber café.
Solía decir:

-Sin café no logro trabajar. -Y quienes lo oían lo creían dependiente de esa sustancia para hacer cualquier otra cosa.

Pero no.
El señor Valéry explicaba:

-Un cuerpo es más exacto cuantas menos tareas realiza.

Y aclaraba, haciendo gala de las ideas filosóficas de las que tanto se enorgullecía:

-Una causa vale menos que un efecto, y un efecto vale menos que un hecho sin causa.
Por eso actuaba sin pensar en los efectos de su acción. Actuaba porque le gustaba la acción que hacía. Y con eso le bastaba.
El señor Valéry decidió entonces dibujar una taza de café para demostrar su teoría

[Dibujo de una taza]

Tras concluir el dibujo, se dijo a sí mismo:

-Hay días en los que no entiendo nada de mí mismo.

Y como se sentía confuso, el señor Valéry decidió irse a tomar otro café.

-Es un modo de resolver las cosas -pensaba.

Y el mejor de todos, el último: la tristeza.
Pero esto mejor lo leéis por vuestra cuenta que los dibujos juegan un rol muy importante, pero sin duda ilustra a la perfección una buena metáfora de la vida. Por fin recibe mi libro favorito su merecido tributo. Ciao.

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